¿Mi hija jugando pelota? !No!

Publicada Junio 8, 2011 in Deporte, La Isla grande, Mujeres

MARIELA PÉREZ VALENZUELA

¿Has pensado, muchacha, cuál sería la reacción de tus padres si le dijeras que deseas practicar boxeo, fútbol, remos, artes marciales o levantamiento de pesas?

Es altamente probable que no les guste la idea.
Claro que ellos no serían los únicos, pues en decenas de países, tanto padres como madres impiden a sus hijas las prácticas de deportes que desde la antigüedad, y todavía hoy, de forma errónea se consideran exclusivos para el sexo masculino.

No se trata solo de la negatividad de la familia, pues los organismos deportivos y los programas estatales con frecuencia también excluyen a las niñas y las muchachas de tales posibilidades, casi siempre en el deporte de alto rendimiento, en el que las discriminaciones son más evidentes, avaladas en fundamentaciones biológicas, físicas y fisiológicas.

El difícil acceso del sexo femenino al ámbito deportivo no es algo nuevo. Ha estado colmado de dificultades desde hace miles de años, cuando en Grecia solo lo practicaban los hombres, quienes exhibían sus cuerpos como símbolo de perfección, mientras a las mujeres no solo se les vetaba la posibilidad de ser deportistas, sino también espectadoras.

Para entonces, solo las solteras podían asistir a los juegos, en tanto se consideraba un escándalo la presencia de las casadas.

Con el desarrollo de la civilización algunas jóvenes empezaron a practicar equitación, natación y otros deportes que ayudaban a mantener una bonita figura, sin que implicaran grandes esfuerzos.

Los Juegos Olímpicos a comienzos del siglo XX abrieron la puerta de participación a las mujeres, aunque muy modestamente, y en 1900 la participación femenina en París se limitó exclusivamente a dos deportes: golf y tenis. De los mil 70 competidores, según historiadores, seis eran mujeres.

Esto les confirma, muchachas y muchachos, que el camino a transitar por la población femenina para ganar un espacio en el terreno, en el tabloncillo, en el colchón,… ha sido largo, difícil y espinoso.

Aun así, con el desarrollo del deporte las mujeres han ido adentrándose en algunas disciplinas, en las que se han coronado campeonas, demostrando que están igual de capacitadas para intervenir en cualquier deporte olímpico.


“Invadieron”, dicen algunos hombres, un terreno vedado para ellas y aunque nunca en similar proporción que el sexo masculino, compiten en judo, lucha libre, pesas, y otros deportes de alto rendimiento.

En los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, cuando aun eras una niña, participaron cuatro mil 400 mujeres en las distintas pruebas, superando en 800 al número de las que intervinieron en Atlanta, llegando a lucir algunas de ellas sus preseas de distintos colores.

Ello, sin duda, significa que se han dado pasos, pero la mujer sigue siendo discriminada en el deporte tanto por su menor presencia en las competencias., como en los deportes que ejercita.

Sin motivos para decir NO.

Está probado científicamente que estos ejercicios físicos no son perjudiciales a la anatomía de la mujer.

Entonces, ¿por qué carecen de las mismas posibilidades que los varones, les vedan la participación en algunos deportes e incluso si tienen la posibilidad de practicarlos, familiares o amistades ejercen presión para que abandonen su proyecto?

Ahí comienzan a influir los prejuicios de los que a la sociedad les cuesta separarse, los estereotipos genéricos, las barreras culturales difíciles de romper, la idea fija de identificar fuerza física y agresividad con virilidad y superioridad; la falsa creencia de que la mujer no puede hacer “ciertas cosas”; posee menos capacidad física y su cuerpo se masculiniza.

Ello ha provocado que muchos deportes asociados a la flexibilidad, la expresividad y lo rítmico como la gimnasia y el patinaje se hayan feminizado, mientras otros practicados en equipo como el rugby o que requieren un esfuerzo físico como el fútbol sean practicados casi siempre por hombres.

Como una especie de maldición gitana, la discriminación contra ellas también se hace sentir en el deporte: en ocasiones han tenido que soportar e ignorar que las llamen “marimachas” y se ponga en duda su sexualidad por el hecho de escoger una disciplina para la cual cuentan con el talento suficiente, pero que se considera propio para hombres.

Ellas han demostrado lo que son capaces de hacer, sino pregúnteles a sus progenitores, abuelos (a) y otros familiares si recuerdan a estas mujeres: Nadia Comaneci, gimnasta rumana, ganó tres medallas de oro en los Juegos Olípicos de Montreal, en 1976; a Fanny Blankers-Koen, la llamaron holandesa voladora, en los Juegos Olímpicos de Londres, en 1948, obtuvo la medalla de oro en cuatro disciplinas: 80 metros vallas, 100 metros lisos, 200 metros lisos y relevos 4×100.

También a Sara Simeoni, atleta italiana, especialista en la disciplina de salto de altura, en la que subió en tres ocasiones consecutivas al podio olímpico y la jabalinista cubana Maria Caridad Colón, en 1980, primera latinoamericana en ganar una cita mundial de esa categoría.

Aunque en Cuba el deporte es un derecho de todos y todas y varias mujeres han escrito páginas en la historia del Olimpismo, también se mantienen prejuicios de los que resulta difícil separarse. Alguna familias muchas veces se ruborizan al imaginarse a su hija jugando pelota, aunque sea en el parque con sus amigos/as de la escuela.

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