Día Universal del niño: En Cuba solo tienen que preocuparse por ser mejores estudiantes
MARIELA PÉREZ VALENZUELA
Mientras los niños/as cubanos poseen suficientes razones para ser felices y este 20 de noviembre celebrarán su día sin la preocupación de tener que trabajar para sobrevivir, ser reclutados como soldados o servir de esclavos sexuales, en otros muchos lugares del mundo millones de pequeños desprotegidos poco tendrán que festejar.
La diferencia es que en esta Isla del Caribe, pequeña por su dimensión pero inmensa por su humanismo, “…cada mes, cada día, cada hora, cada minuto, es el mes, es el día, la hora y el minuto del niño”, afirmó hace algún tiempo el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro.
Cambiar la vida de ese gran tesoro que son los chicos, ha sido una constante en este medio siglo de Revolución. Por eso su vida es hoy tan distinta a la que tuvieron sus abuelos y muchos de sus padres antes del primero de enero de 1959, cuando había 600 mil niños cubanos sin escuelas, diez mil maestros sin trabajo y un millón de analfabetos.
Mientras 101 millones de infantes no acuden a la escuela primaria por diversas razones, la principal, ser pobres, en Cuba solo tienen que preocuparse por ser mejores estudiantes, pues todos, sin distinción, tienen abiertas las puertas al conocimiento de forma gratuita.
Inconformes con lo alcanzado hasta hoy en la educación, el país traza nuevas estrategias para continuar perfeccionando el sistema de aprendizaje, de forma que los estudiantes reciban clases con mayor calidad, lo que se garantiza con una mejor preparación de los profesores, la reducción a veinte de los educandos por aula, el empleo masivo de medios audiovisuales y de la computación.
Otra de las grandes conquistas de Cuba ha sido reducir la tasa de mortalidad infantil de 60 por cada mil nacidos vivos antes de 1959, a 4,5 por cada mil nacidos vivos en el 2010, lo que la ubica en ese indicador delante de naciones ricas como Canadá y Estados Unidos.
Tales resultados se sostienen en las masivas campañas de inmunización, con las cuales se eliminaron diversas enfermedades y el establecimiento de un sistema de salud accesible, gratuito y con calidad. Desde que nacen hasta que comienzan sus estudios en la enseñanza primaria, son inmunizados contra 13 enfermedades.
En cambio, casi nueve millones de niños/as mueren en el mundo cada año antes de cumplir los cinco años y otros dos millones están infectados con el VIH, virus causante del SIDA.
Son los niños/as las pequeñas víctimas del mal, pese a los esfuerzos mundiales por encontrar la vacuna o el tratamiento que ponga fin a esa letal enfermedad.
Los elevados precios de las drogas anti-sida para prolongar la vida de una minoría con posibilidades de costear los tratamientos colocan al resto de los enfermos en una especie de callejón sin salida.
Respecto al futuro de los infantes son muy pocos los que se atreven a predecir una esperanza. Investigaciones realizadas en Malawi señalan que la posibilidad de morir es 3,3 veces mayor entre quienes perdieron a sus madres, mientras en Zimbabwe, el 65 por ciento de los hogares se deshace cuando falta la presencia femenina.
Un informe de UNICEF estima que sólo el 24% de los jóvenes afectados por el VIH de Europa del Este y Asia central reciben el tratamiento antirretroviral.
Expertos atribuyen el incremento del SIDA en Europa del Este y Asia central al hecho de que hay más de un millón de niños de la calle, que en algunos casos deben prostituirse para poder sobrevivir.
Por otra parte, son mil 400 millones de personas las que sobreviven en la extrema pobreza y en ese grupo se incluyen los 129 millones de niños y niñas que subsisten con un peso corporal por debajo de lo normal.
El no tener una dieta adecuada ocasiona que los pequeños pierdan fuerza y sean más vulnerables a enfermedades prevenibles, que les causa la muerte, como neumonías y diarrea.
Cuando Cuba ratificó la Convención de los Derechos del Niño en 1991 las cuestiones de la infancia ya constituían una prioridad del gobierno.
Las guerras, la pobreza, desnutrición, violencia, terrorismo, torturas, pornografía, prostitución, las drogas, el trabajo, son situaciones que los niños cubanos desconocen, en momentos en que 215 millones de infantes trabajan en el planeta para sobrevivir, de ellos 115 millones en labores riesgosas o en condiciones de explotación y unos 300 mil son reclutados como soldados y utilizados en el tráfico de estupefacientes.
Si de por sí erradicar el trabajo infantil es una antigua deuda social que tienen los gobiernos con sus pequeños, esta situación se hace más pesada de soportar cuando se les obliga a trabajar durante muchas más horas de las que estipulan las leyes laborales y a cambio reciben una remuneración menor que los adultos por realizar una misma labor.
La brutalidad física, la grosería, el aislamiento, la intimidación y el acoso son algunas de las formas de violencia que sufren.
En 1954 la Asamblea General recomendó que todos los países instituyeran el Día Universal del Niño y el 20 de noviembre marca la fecha en que aprobó la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989.
Durante la Cumbre del Milenio, celebrada en septiembre de 2000, los líderes mundiales se comprometieron a reducir a la mitad la pobreza extrema, la detención de la propagación del VIH/SIDA y la consecución de la enseñanza primaria universal para el año 2015.
A menos de cuatro años de la fecha fijada para cumplir con estos y otros cinco objetivos dirigidos a toda la humanidad, pero en especial a la infancia, poco se ha avanzado.
Hoy no existe ninguna razón para que los niños/as padezcan hambre, no reciban educación o asistencia médica; no tengan acceso al agua potable o a las vacunas contra enfermedades prevenibles. Cuando hay voluntad para luchar por un mundo más justo y evitar el sufrimiento de los pequeños todo es posible, pero precisamente eso es lo que falta.




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